Este no es un blog de ninguna plataforma por la enseñanza pública ni de ningún colectivo movilizado en su defensa, sino una iniciativa personal para reunir información sobre la situación que la enseñanza pública tiene en España y en el mundo, y para reflexionar sobre su pasado, su presente y su futuro. Pienso que si le sirve a uno para acercarse, aunque solo sea mínimamente, a ambos objetivos, quizá otros puedan encontrar en este blog un espacio útil o al menos no completamente innecesario. Ha nacido al calor de las movilizaciones del curso 2011-2012, pero con voluntad de supervivencia. La misma que anima a la enseñanza pública.

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miércoles, 21 de diciembre de 2011

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA: "TROCEAR LA SECUNDARIA COMÚN"

EL PAÍS, 21-12-2012

La escuela ha incumplido la promesa de lograr el éxito generalizado en la enseñanza obligatoria porque, tratando a todos de modo uniforme, produce al mismo tiempo sus genios y sus cretinos, éxito y fracaso, como no podía ser menos. Ante eso hay dos posibilidades: diversificar radicalmente para llevar a todos al mismo objetivo o destino por vías y/o a ritmos distintos, o declararlos desiguales en derechos y capacidades para consagrar las desigualdades sociales como diferencias personales. El PSOE fue incapaz de hacer lo primero porque nunca se atrevió con la rigidez del sistema y el corporativismo del profesorado, al que creía un electorado fiel (!). El PP va a optar por lo segundo porque cuadra con su idea de una sociedad desigual, con seres superiores e inferiores, y se lo pide buena parte del profesorado.

Si sus proyectos prosperasen tendríamos a dos tercios de los alumnos en bachillerato a los quince años mientras, a su lado, el otro tercio recibiría su dosis de formación profesional anticipada o vegetaría a la espera de abandonar. Quién sabe si combinado con la otra ocurrencia en marcha: separar a un tercio de los alumnos de bachillerato en una versión de excelencia. En definitiva, la total reestratificación de las enseñanzas medias al gusto pseudomeritocrático de quienes quieren creer que son más ricos por ser más listos y esforzados.

La propuesta ha suscitado otro demonio: ¿querrá el PP introducir por ahí la concertación de la secundaria posobligatoria, dado que a priori el primer curso del bachillerato lo estaría pero los siguientes no? Probablemente, pues hace tiempo que sus Gobiernos madrileño y valenciano despliegan una agresiva política de privatización, y Rajoy ha puesto el acento en la elección de centro en el programa electoral y en el debate de investidura. Es razonable que, si se asume el objetivo de un 85% de jóvenes con secundaria superior, se garantice de un modo u otro su gratuidad general, pero ni es obligado recurrir a los conciertos ni es esa la cuestión. Aquí, derecha e izquierda están donde siempre han estado, y quienes tienen un problema hamletiano son solo los que querrían librarse de ciertos alumnos pero conservar las plazas de funcionario que los acompañan.

Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA: "MEJOR SOL QUE TOTTENHAM, ¿VERDAD?

EL PAÍS, 28-9-2011


Cuando media España celebraba y la otra media se alarmaba por las movilizaciones iniciadas el 15-M, un proceso no menos importante se desarrollaba en Chile, protagonizado por estudiantes de todos los niveles en demanda de una educación pública y más igualitaria, en un país cuya escuela, la más onerosa para las familias en la OCDE tras Estados Unidos, nació de la aplicación del neoliberalismo extremo bajo la bota militar. Bien lejos de ambos, Israel, siempre cohesionado por su implacable guerra contra los palestinos, nos sorprendía en julio con la salida de cientos de miles de manifestantes por la justicia social, ante todo contra la carestía de la vivienda y general. Menos de un mes después, a principios de agosto, era Inglaterra la que ocupaba los titulares con el inesperado estallido de Tottenham, pronto extendido al Gran Londres.
Como antecedente e inspiración, claro, las manifestaciones en que, de Túnez a Siria (por ahora), una juventud aparentemente encerrada entre la desidia y el fundamentalismo luchaba de forma masiva, valiente y pacífica hasta resquebrajar el muro autoritario del mundo árabe. Con la diferencia, obvia, de que estos se manifestaban haciendo frente a las armas para reivindicar la libertad y la democracia y aquellos desde el disfrute y desde cierto hartazgo de ambas, cuestionando su autenticidad y su capacidad para aportarles una vida digna. Pero, entre tantas movilizaciones y disturbios, hay dos modelos que representan la disyuntiva de los jóvenes del mundo desarrollado: Inglaterra y España, o Tottenham y Sol.
Lo surgido este verano en Tottenham sucedió ya en Brixton en 1981; en ambas en 1985; en Saint-Denis y Clichy-sous-Bois en 2005; en España hubo amagos en Amate y Los Pajaritos (Sevilla) en 2002; en Estados Unidos podrían buscarse paralelos con Newark en 1967 o Los Ángeles en 1992. Un déjà vu, un guion con pocas variaciones. Una acción policial vivida como provocación por jóvenes de un barrio particularmente castigado por la crisis, el desempleo y la falta de oportunidades. El incidente en sí no importa mucho: puede tener todos los visos de un crimen policial, como el acribillamiento de Mark Duggan; puede ser todo lo contrario, como el malentendido en torno a la prestación de socorro por la policía a Michael Bailey, herido en una pelea, en Brixton en 1981; o puede tener mucho de fatalidad, como la electrocución accidental de tres jóvenes (dos muertos) huyendo de un control policial en Clichy-sus-Bois, en 2005.

En última instancia, los detalles -aparte del drama humano- importan poco, tanto si son reales como si son maniqueamente desfigurados, pues lo que hace de ellos la gota que colma el vaso es un escenario continuado de arbitrariedad policial. En 1981 fue la Operación Ciénaga (swamp... ¡ay, las palabras!) de la policía inglesa contra la delincuencia juvenil, amparada por la sus law (por suspected), que permitía parar, registrar y arrestar a cualquier sospechoso de violar ¡la sección 4 de la Ley de Vagabundeo de 1824! En Francia, Sarkozy, entonces ministro del Interior, acababa de proclamar la tolerancia cero, anunciando que usaría la kärcher (limpiadora de agua a presión) contra la racaille (escoria, chusma), a raíz de unos incidentes previos en Saint-Denis, y la policía había aumentado los controles preventivos (o abusivos) sobre los jóvenes de las periferias urbanas.

En Tottenham no se daba la brutalidad policial de 1981, aunque sí un aumento de los controles; la historia que se repitió fue más bien la de 1985, cuando Cynthia Jarret murió de un golpe durante un registro policial en su domicilio; una semana antes otra mujer había recibido un disparo policial en Brixton, cuando buscaban a su hijo en el domicilio familiar. En ambos casos, la policía no supo en los primeros días dar una explicación convincente de lo sucedido, como demandaban la familia y la comunidad, y el clima se enrareció hasta estallar. En Tottenham, la policía ni siquiera confirmaba la muerte de Duggan a la familia cuando los titulares de prensa y los informativos no hablaban de otra cosa, lo que se interpretó como desconsideración y racismo (es norma de Scotland Yard no comunicar una muerte a la prensa antes que a los familiares).
Otro aspecto es el recorte de los servicios y prestaciones dirigidos a los jóvenes. En 1981 y 1985 campaba por sus fueros Margaret Thatcher, estrenando políticas neoliberales. En 2005 gobernaban Francia Chirac y Villepin. Ahora gobierna el Reino Unido una coalición conservadora-liberal dedicada a recortar los servicios sociales, sobre todo los no asociados a la necesidad abyecta y demostrable que suele requerir el modelo británico de bienestar. Aunque esto ha sido ignorado y hasta negado por la prensa y eludido por los políticos británicos, es indiscutible. Se ha suprimido, por ejemplo, la EMA (Education Maintenance Allowance), pequeña asignación para jóvenes de familias pobres que siguen estudiando más allá de la edad obligatoria (como las becas-salario andaluzas, pero más modesta), a la vez que han subido fuertemente las tasas académicas. Recientemente, el condado de Haringey (donde está Tottenham) cerró ocho de sus 13 clubes de juventud, dejando a muchos jóvenes en la calle: una semana antes de los disturbios, un vídeo (The Guardian: http://goo.gl/rvKA4) mostraba a varios vaticinando el aumento de la actividad de las bandas y advirtiendo, proféticos: "Habrá disturbios".

En suma, una fórmula infalible: menos servicios sociales, más presión policial y un detonante. Faltan los alborotadores, pero siempre los hay, en acto y en potencia, como hay gente extremadamente pacífica y otros muchos que se inclinarán por una u otra actitud según sople el viento o según las opciones en presencia. El trasfondo más amplio a nadie se le oculta: una juventud que no ve futuro en una sociedad que ofrece incontables atractivos pero los traduce en pocas oportunidades, lo que en términos inmediatos se llama abandono escolar, desempleo juvenil, dependencia familiar, pobreza... Podemos ver lo afortunada que está siendo España de que este descontento, enmarcado aquí por una crisis más profunda, tasas de paro escandalosas, niveles de abandono alarmantes, precios de la vivienda exorbitantes, proliferación de los ni-nis e imposibilidad de independizarse se haya traducido en el 15-M, una revuelta política no violenta enfocada a cambiar constructivamente la política, la economía y la sociedad.

Esperemos que aprendan también en cabeza ajena -si es que son capaces- quienes no han dejado de lanzar o reclamar actuaciones policiales contundentes, sean los mercaderes de las plazas ocupadas, los Gobiernos autónomos de Cataluña y Madrid o la caverna mediática. El 15-M ha optado desde el principio y con claridad por la no violencia, hasta el punto de arrastrar a esa posición, de buena o mala gana, a los amigos de las emociones fuertes, que aquí tampoco faltan. En el fondo, y aunque sus consignas sean muy críticas con la economía de mercado o las instituciones y los grupos políticos, nuestros indignados creen profunda y mayoritariamente en la convivencia y en la democracia, quizá por influencia de sus padres, la generación de la transición. Algo habrá que agradecer también a los centros educativos y a los profesores que hoy se ven en la picota, incluso a la controvertida Educación para la Ciudadanía (¿o serán los culpables de tanta inquietud?).
Los trabajadores y activistas comunitarios ingleses no se han cansado de repetir que están espantados, pero no sorprendidos por los disturbios. Los jóvenes españoles del 15-M han adoptado claramente una vía constructiva ante una situación que los acogota, pero podrían haber optado también por una vía destructiva, como lo han hecho sus coetáneos y contemporáneos británicos. Ambas respuestas son racionales y comprensibles, aunque una sea aceptable y hasta encomiable y la otra no, pero ninguna era inevitable ni vino dictada por el clima. Aunque algunos siempre preferirán el orden o la violencia, para muchos la opción por una u otra respuesta depende de la percepción de su viabilidad y sus costes. El problema del Reino Unido es ahora apartar a esos descontentos de su respuesta desesperada ofreciéndoles oportunidades individuales y vías de participación colectivas; el de nuestro Reino Desunido consiste en que no terminen cansándose de no ser escuchados y pasen a prestar oídos a los voceros de desesperación y la destrucción; y el de ambos, por supuesto, regenerar la política y controlar la economía que nos han traído aquí. Haríamos mejor en escuchar sus críticas y sus propuestas, incorporándolas al debate político, y en respetar su espacio de expresión, incluida su presencia en la calle.
Mariano Fernández Enguita es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA: "EDUCACIÓN AHORA, O SERÁ OTRA OCASIÓN PERDIDA"


EL PAÍS, 14-9-2011

El Panorama de la Educación 2011 de la OCDE ha venido a recordar dos cuestiones importantes. A todos y cada uno de los participantes, que la educación es decisiva para los individuos en términos de empleabilidad u oportunidades de empleo, de ingresos y de satisfacción en el trabajo, así como para los estados a la hora de recaudar impuestos, y que las ventajas asociadas a ella (y las desventajas asociadas a su falta) no dejan de aumentar. A España, que la estructura de nuestro sistema educativo, sobre todo por el elevado nivel de abandono escolar prematuro, nos sitúa en inferioridad de condiciones ante los desafíos de la sociedad del conocimiento y la competencia de países mejor equipados, que no son ya sólo los países que protagonizaron la primera y la segunda revoluciones industriales sino también los emergentes que están medrando en la tercera que apenas se inicia (por si no bastaba el indicador de nuestro desempleo). En la economía del conocimiento los individuos compiten entre sí y con las máquinas por medio de su cualificación, y los países lo hacen por medio de la cualificación de su fuerza colectiva de trabajo. Y en el capitalismo, que está aquí para quedarse, las crisis, aparte de sus tremendos costes personales y sociales, no son sino episodios intensivos de esa destrucción creativa por la que las viejas formas de trabajar y producir son sustituidas por nuevas. Por eso, si la educación es importante, aún lo es más para la transición a cada nueva época pergeñada por tales crisis. Por eso, en fin, las sociedades se ven obligadas a esforzarse en el ámbito educativo -que no es sólo escolar- justamente cuando más difícil les resulta hacerlo. De ahí la importancia de aumentar, mantener o reducir lo menos posible la inversión en educación, un truísmo que parecen olvidar ahora algunas administraciones autonómicas, quizá tentadas por la oportunidad de debilitar la escuela pública en beneficio de una escuela privada en parte más afín ideológicamente. Pero de nada sirve mantener abierto el grifo de los recursos a la vez que el desagüe, y lo digo por quienes reclaman una porción creciente de esos recursos para jubilaciones anticipadas, jornadas matinales, reducciones de horario lectivo sin contrapartidas, etc., a la vez que se resisten a cualquier forma de control, evaluación o rendición de cuentas. El MEC dice que somos los que más hemos mejorado junto con Corea. La diferencia es que Corea, que empezó peor, está en cabeza y no descansa. La crisis que vivimos requiere menos retórica y más esfuerzo de todos, algo difícil en el mundo educativo, donde los intereses se disfrazan de retórica con tanta facilidad, pero de lo que depende nuestro futuro. Y perdón por este final tan trivial pero tan obvio.

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense

sábado, 3 de septiembre de 2011

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA: "LOS TIEMPOS DEL PROFESOR, POR DENTRO Y POR FUERA"

Publicado en el blog "CUADERNO DE CAMPO", 3-9-2011



¿Cuántas horas debe dedicar un profesor a la docencia en aula, cuántas a otras tareas educativas y cuántas a su preparación? Sinceramente, no lo sé. Primero porque no lo sé ni me lo he preguntado siquiera y segundo porque supongo que varía enormemente según la etapa y que debería hacerlo incluso según el tipo de alumnos, según la materia y según las capacidades del profesor. Los tres últimos elementos ya sé que son tabú: café para todos. Pero no es lo mismo educar en un medio social que en otro, leer del libro de texto que preparar materiales propios ni trabajar a los treinta años que a los sesenta. El primero no es tabú porque cada cuerpo reivindica, simplemente, igualarse al inmediatamente superior para acabar con el agravio comparativo, pero sin contrapartidas: los maestros quieren horario de instituto pero sin pasar por la licenciatura, los profesores de instituto quieren horario de universidad pero sin tener que doctorarse ni investigar, etc.: la carta a los RRMM y, si es posible, la piñata. Pero sí creo que debería reducirse la presencia en el aula al paso de la edad del profesor, salvo que no lo desee y pueda mantenerla; que los profesores más concienzudos e innovadores en la preparación de su trabajo deberían ser incentivados con mas tiempo para prepararlo (con la condición de compartir sus resultados) y que el trabajo con grupos o en centros más difíciles debería ser apoyado con una distribución del tiempo con menos presencia en aula y más horas de preparación (esto podría organizarse con carácter general, lo que sin duda daría lugar a perversiones sindicales, desde arriba, lo que podría provocar arbitrariedades, o desde abajo, como una subasta: si 3º de la ESO es más difícil para los profesores que 4º, quien quiera 4º debe ofrecer más horas propias de trabajo presencial, pongamos que un 10% más vigilando el recreo, para hacerse con él y quien se quede con 3º se beneficiará de la rebaja correspondiente). Pero, insisto, no sé cuál ha de ser en cada caso el balance adecuado entre horas en el aula y resto. Si sé, por supuesto, que una clase será mejor cuanto más tiempo se dedique a prepararla... suponiendo que efectivamente se haga.

Porque ésta, y no otra, es la cuestión. Las comunidades autónomas gobernadas por la derecha (sea PP, UPN o CiU) nos han metido en el debate sobre sobre la distribución de las horas del profesor entre la docencia en aula y el resto. Como reacción, los sindicatos y colectivos de profesores y sus intelectuales incondicionales, que son muchos, han puesto el grito en el cielo denunciando los recortes, el
 ataque a la escuela pública y los incontables males que se derivarán del mismo. Pero cualquiera que conozca el mundo de la educación un poco de cerca puede darse cuenta de que el primer efecto de esto es que se se pasa a discutir cómo se parte el tiempo y se deja de discutir cómo se emplea cada una de las partes, cuando lo importante es precisamente eso. Grosso modo, podemos decir que el tiempo semanal del profesor se reparte por mitades entre el tiempo en el aula y el tiempo de apoyo al mismo, incluidas en éste tanto las actividades dedicadas a mantener el funcionamiento de la vida en el centro y el aprendizaje de los alumnos en el aula (guardias, tutorías, reuniones...) como las necesarias para sostener el propio trabajo individual del profesor en el aula (estudiar, preparar materiales, programar, corregir, evaluar...). Si en vez de la semana contemplamos el conjunto del año, que incluye un buen número de jornadas no lectivas pero sí laborales (entre las cuales el mes de julio, mientras no se legisle lo contrario) lo cierto es que la segunda mitad mencionada se acerca a los dos tercios del total.


La primera parte, el tiempo en el aula, ya está por sí misma bastante fuera de control. Aunque podemos suponer, y más o menos sabemos, que la mayoría de los profesores emplean razonablemente ese tiempo, también sabemos que algunos lo hacen muy bien y algunos muy mal. Que algunos, por ejemplo, llevan al aula magníficos proyectos, actividades o programaciones que en parte son producto de su trabajo, a veces incluso de un trabajo que va más allá del tiempo pagado (aunque para un periodo anual es bastante menos probable que para uno semanal), mientras que algunos otros repiten cansinamente la misma actividad año tras año, improvisan sin preparación o se limitan a mantener ocupados a los alumnos. El caso es que no existe ningún control efectivo sobre esto: ni de los compañeros, ni de los directores, ni de los inspectores, ni de los órganos colegiados de gobierno, ni a través de la participación de la comunidad, ni a partir de los resultados de los alumnos, porque todo ha consagrado al docente como autoridad exclusiva y excluyente en su aula, desde la tradición de que
 cada maestrillo tiene su librillo hasta la estrategia ferozmente corporativa de los sindicatos en defensa incondicional de su base. Recientemente se venía abriendo paso la idea de avanzar en la evaluación del profesorado, introducir incentivos, etc., pero gracias a esta torpe política conservadora y a los reflejos y el discurso monocorde de las organizaciones gremiales ya volvemos a la dialéctica maniquea habitual.


La otra parte, el tiempo de preparación y apoyo, es sencillamente el reino de la irresponsabilidad. La disparidad en la manera en que los centros atienden aspectos como las tutorías, la tutela del espacio y el tiempo fuera del aula, las actividades extracurriculares, el funcionamiento de los órganos o las relaciones con su público y con la comunidad es espectacular. Pero lo que se lleva la palma es la coexistencia de educadores para los que todo tiempo y esfuerzo son pocos para mejorar y renovar su trabajo, aquellos que ven la educación como una función social de primer orden y con efectos decisivos para sus alumnos y se consideran compensados ya en parte por poder contribuir a ello, junto a otros cuyo principal esfuerzo es el de limitar su tiempo laboral al tiempo lectivo, y lo que asombra es que, en última instancia, los tratemos a todos por igual, incurriendo en una enorme injusticia y una insultante falta de reconocimiento para los que dan lo mejor de sí. Es el viejo problema de los que eligen la profesión por vocación, los que la eligen por las vacaciones y las distintas combinaciones en medio.


Las actuales medidas de los gobiernos autónomos conservadores en este terreno pueden considerarse malas en sí mismas, pues,
 rebus sic stantiubus, debilitan el trabajo preparatorio del profesor. No es menos cierto, sin embargo, que están dentro de la legalidad y que los horarios lectivos se habían venido reduciendo de hecho sin ninguna contrapartida asegurada por parte del profesorado, es decir, permitiendo a unos hacer mejor su trabajo y a otros trabajar menos. Quizá quepa aprovechar el momento (nunca dejes escapar una buena crisis) para discutir a fondo las condiciones de trabajo y el compromiso profesional de los docentes.

MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid