Este no es un blog de ninguna plataforma por la enseñanza pública ni de ningún colectivo movilizado en su defensa, sino una iniciativa personal para reunir información sobre la situación que la enseñanza pública tiene en España y en el mundo, y para reflexionar sobre su pasado, su presente y su futuro. Pienso que si le sirve a uno para acercarse, aunque solo sea mínimamente, a ambos objetivos, quizá otros puedan encontrar en este blog un espacio útil o al menos no completamente innecesario. Ha nacido al calor de las movilizaciones del curso 2011-2012, pero con voluntad de supervivencia. La misma que anima a la enseñanza pública.

jueves, 18 de octubre de 2012

LUIS GARCÍA MONTERO: "LA EDUCACIÓN Y EL ORGULLO"


PÚBLICO, 18-10-2012



Al teléfono móvil me llega un mensaje informativo del centro escolar en el que estudia mi hija: “se ha producido una falta de asistencia a la clase de lengua extranjera”. Luego insiste el parpadeo de la pantalla. Recibo mensajes sobre las clases de Ciencias Sociales, Geografía e Historia, Matemáticas, Iniciación a la vida laboral e informática. Este tipo de mensajes me llenan en otras ocasiones de inquietud. Hoy me siento orgulloso. Mi hija está en huelga y yo soy uno de esos padres, tan parecidos a los terroristas según las consignas mediáticas del partido en el Gobierno, que apoyan la huelga de sus hijos.

También me siento orgulloso de los profesores que llevan muchos meses conformando una marea verde en defensa de la educación pública y laica. Ese derecho constitucional se ha convertido en una aspiración radical y peligrosa desde que el ministro de Educación ha manchado los patios de colegio y sus conversaciones con un gusto por el desatino que mi hija y sus amigos califican deWertedero.

Los profesores saben que las escuelas y los institutos no son hoy el único espacio de socialización de los niños. La familia, la televisión y las redes tecnológicas ocupan un lugar muy importante en la definición de las experiencias y las mentalidades. Los profesores saben también que su trabajo es imprescindible, que las cosas estarían mucho peor sin su esfuerzo, porque la degradación laboral y la mercantilización imponen con frecuencia los paradigmas de la zafiedad, la desatención y la tele-basura en las dinámicas sociales. Por mal que estén las cosas, los profesores asumen que cuando cierran la puerta de sus aulas son responsables inmediatos de lo poco o mucho que se pueda hacer por los alumnos. Ese es el motivo de que buena parte del profesorado no utilice la coartada de los malos tiempos para renunciar y se comprometa con ilusión cotidiana contra la barbarie de los planes de estudios, los recortes en inversiones y la falta de respeto de la que hace gala este ministerio.

En las discusiones políticas de los últimos años se ha entendido la idea del pacto por la educación como un acuerdo equilibrado sobre el carácter ideológico de los programas. Un verdadero error: el único pacto importante es la toma de conciencia de que la educación pública, al margen de los intereses y credos particulares, supone el verdadero vínculo, el cimiento de una sociedad. Los partidos deben ponerse de acuerdo en aumentar la inversión en educación pública hasta llegar a la media de los países europeos que merecen ser imitados. Y, después, deben dejar tranquilos a los profesionales para que trabajen en la difusión del conocimiento y en la formación de las personas.

Un buen programa educativo no es sólo el que prepara mano de obra para los mercados de trabajo o el desempleo. Es también el que sirve para formar ciudadanos capaces de sentirse libres y solidarios del dolor o la alegría de los demás. La ley del más fuerte es la consecuencia última de la mala educación, que no tiene que ver con la inquietud, la rebeldía y la desobediencia, sino con la consolidación de un mundo organizado por la desigualdad y los privilegios. El tratamiento humillante que se le viene dando a las humanidades en los planes de estudios es mucho más grave para la formación de las personas que las sucesivas polémicas sobre una asignatura particular destinada a la educación para la ciudadanía.

Así que me siento orgulloso por la huelga de mi hija, una niña que tenía pensado hacer el bachillerato artístico y que ve ahora como su música y su teatro se le escapan por el Wertedero que está acabando en España con la educación pública y la cultura.

La huelga es educativa. Como los colegios no son los únicos espacios de socialización, prefiero que las llamadas del compromiso político, la rebeldía y la defensa de los derechos sustituyan por una semana a la tele-basura en el escenario español. Igual tenemos suerte y la espesura de la derecha acaba de españolizarnos a todos, pero de una manera distinta. El españolismo manipulador del PP sólo ha servido para facilitar el sentimiento independentistas en Cataluña y El País Vasco. Quien nos quita ahora la ilusión de que el asalto a la enseñanza pública no sirva para unir por fin a alumnos, profesores y padres en la defensa de una educación decente, quiero decir, bien financiada, laica, libre y no discriminatoria por razones económicas o de sexo. En todos los asaltos contra la democracia, la educación es siempre la primera línea de fuego.

jueves, 4 de octubre de 2012

RAFAEL REIG: "LOS EXPERIMENTOS CON CHAMPAGNE DEL MINISTRO WERT"


eldiario.es, 3-10-2012


En mi colegio, los que suspendían siempre afirmaban que iban a estudiar informática, “para el día de mañana”. Cuando empecé a utilizar ordenadores me di cuenta de que el día de mañana ya había llegado, es hoy, demasiado tarde, porque ya estábamos en manos de aquellos tipos que no habían podido aprobar lengua ni latín. Tampoco soy partidario a ultranza de la enseñanza bilingüe, que siempre me recuerda lo que se solía decir de Salvador de Madariaga: “Ah, sí, Madariaga, ese tipo que es tonto en cinco idiomas”.

El problema de la enseñanza es cómo preparar hoy a los chavales para la realidad de un mañana que no sabemos cómo será. Frente a un tablero de ajedrez, en muchas ocasiones, hago movimientos que no tienen una finalidad específica: sólo coloco las piezas donde creo que me serán útiles cuando la partida se encuentre en una posición que, en el momento de mover, todavía no soy capaz de anticipar (y mucho menos calcular). Me guío entonces por principios generales, salvo que sea víctima (no siempre tan inocente) de la inspiración. Principios generales: hay que acercar al centro los caballos; los alfiles, en las diagonales más largas; esa torre, a la columna que se ha quedado abierta. Inspiración: un sacrificio salvador, las grandes ideas, esas jugadas visionarias sin más fundamento que una intuición. Lo más frecuente es que, cuando sucumbo a la inspiración, pierda la partida.

El problema del bachillerato es muy semejante. Hay que aprender algo, confiando en que nos será útil en una situación que aún no tenemos ni idea de cuál va a ser. Actuamos de la misma forma. Con principios generales: hay que saber leer y escribir, matemáticas, geografía, historia y algo de ciencias naturales. Inspiración: que estudien pretecnología, esperanto, el código morse o educación para la ciudadanía. Como en el tablero, el recurso a la inspiración suele llevar a que nos den mate.

Cuanto menos claros tengamos los principios generales, más tendremos que improvisar y entregarnos maniatados a la inspiración. Antonio Machado nos contaba que Juan de Mairena se quejaba de no hubiera un buen manual de literatura, porque nadie había sido capaz de escribirlo: “La verdad es que nos faltan ideas generales sobre nuestra literatura. Si las tuviéramos tendríamos también buenos manuales y podríamos, además, prescindir de ellos. No sé si habrá usted comprendido… Probablemente no”.

Ahora mismo debe de haber muchas familias en las que ninguno de sus miembros haya estudiado el mismo bachillerato. Con siete reformas educativas sólo desde la II Restauración borbónica, podrían ser hasta familias numerosas con premios de natalidad. Siete, repito. Cuando murió Franco estaba vigente la Ley General de Educación, la de la EGB y el BUP que sufrimos los de mi edad. Desde entonces se nos han ido ocurriendo siete sucesivas inspiraciones: la LOECE (1980), LODE (1985), LOGSE (1990), LOPEG (1995), LOCE (2002), LOE (2006) y ahora este otro séptimo cielo que quiere desplomar sobre nuestras cabezas el insufrible e inverosímil ministro Wert. Salta a la vista que no disponemos de principios generales. Por eso ni siquiera podemos hacer un bachillerato razonable, del que podamos olvidarnos a gusto, porque, como suele decirse: la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo lo que habíamos estudiado.

En mi opinión (ya que usted no me la ha pedido), tantas ocurrencias inspiradas y tan pocos principios generales son la causa principal de que hayamos perdido la partida del bachillerato. A los ministros con una severa (y tal vez dolorosa) inflamación del ego, como Wert, sólo se les debería permitir juguetear con leyes que no atacaran al núcleo mismo de la sociedad, como la enseñanza. Que pasen a la historia y se les cure el escozor reformando, qué sé yo, unos cuantos reglamentos consulares, algo que, si se rompe, no se lleve por delante el derecho a la educación y la igualdad de oportunidades. Como le dijo D’Ors al camarero que intentó abrir de forma “creativa” una botella de champagne: “Los experimentos, con gaseosa, joven”.

Si me pregunta cuáles creo que son esos principios generales que nos libran de caer en la tentación de las ocurrencias inspiradas, le diré que no pienso que sean ningún secreto: en el bachillerato se aprende a leer y a escribir (o sea, se adquiere la capacidad de aprender todo lo demás) y se acumula un fondo de armario muy general que incluye matemáticas, lengua, historia, geografía, ciencias naturales y cuatro cosas más (o sea, se adquiere la capacidad de estudiar en serio). Así, cuando llegue el famoso día de mañana, las piezas estarán bien colocadas y nos permitirán ganar la partida (y hasta aprender inglés o informática, por qué no, si a uno le da por ahí).

Este el problema principal, pero la enseñanza tiene otros dos problemas gravísimos. Uno es el pretendido derecho a la libertad de elección de centro. La enseñanza obligatoria sólo puede ser pública, igual para todos. El derecho que hay que proteger y prevalece siempre es la igualdad de oportunidades, no el de llevar al niño al Pilar para que comparta pupitre con futuros presidentes o consejeros delegados (que algo le caerá luego, como a Villalonga). El otro es la islamización de la enseñanza en nuestro país: la “sharia” escolar. Igual que las leyes no pueden emanar del Corán o la Biblia, en la enseñanza no pintan nada las sotanas. Con principios generales razonables, más la prohibición de la enseñanza privada y de la enseñanza religiosa (y de la religión), tendríamos el mejor bachillerato concebible.

sábado, 22 de septiembre de 2012

RAFAEL FEITO: "MÁS DESIGUALDADES"


EL PAÍS, 22-9-2012


Las intenciones de reforma de la educación del actual gobierno se recogen en un documento de PowerPoint titulado Anteproyecto de Ley Orgánica para la mejora de la ley de la calidad educativa. Se observa en él una clara voluntad segregadora. Desde el principio se afirma que todo el mundo tiene talentos –obvio, por lo demás-, pero enseguida se añade que de distinto tipo. Está claro, unos tienen talento para el éxito escolar –que son los que irían a los itinerarios académicos en secundaria- y otros lo tienen para el trabajo manual –los destinados a la formación profesional o a los programas de cualificación profesional-.

El documento señala que hay países de éxito que separan en una red académica y en otra profesional a su alumnado a los 14 años de edad. Sin embargo, omite que igualmente hay países de éxito –entre ellos Finlandia, líder en los informes PISA- que mantienen el tronco común hasta los 16 años. Por otro lado, los países que segregan a edades tempranas tienen resultados menos igualitarios, es decir, hay mayor conexión entre el estatus socioeconómico de la familia y los resultados escolares. Esto es algo muy claro en Suiza, cuyos cantones tienen distintas estructuras educativas. En las investigaciones que comparan las evaluaciones internacionales en primaria –PIRLS- y en secundaria –PISA- se observa un claro incremento de las desigualdades en los países que segregan tempranamente (sería el caso de Alemania, cuyo modelo educativo suscita la admiración de Wert). Ni que decir tiene que el alumnado que vaya a los itinerarios profesionales a partir del tercer curso de la ESO será víctima del efecto Pigmalión: el profesorado depositará en él bajas expectativas que se traducirán en malos resultados (la profecía que se cumple a sí misma).

El informe que la OCDE publicó a comienzos de año titulado Equity and Quality in Education: Supporting Disadvantaged Students and Schoolses toda una enmienda a la totalidad a esta propuesta gubernamental. Por mucho que choque a la mentalidad de nuestra derecha, la equidad y los buenos resultados académicos van de la mano y esto es lo que sucede en los países que sistemáticamente ocupan las primeras posiciones en los informes PISA. Adelantar la edad de segregación de los alumnos para decidir quién va a la formación profesional y quién al bachillerato es un colosal error que solo cabe interpretar en clave de sectarismo ideológico en favor de la división social. De los 39 países incluidos en el informe sobre equidad, 14 de ellos (Australia, Canadá, Chile, Dinamarca, Finlandia, Francia, Islandia, Nueva Zelanda, Noruega, Polonia, Suecia, Reino Unido, Estados Unidos y la propia España) mantienen a su alumnado en un mismo tronco de escolarización hasta los 16 años para, a partir de esa edad, decidirse por la rama académica –equivalente al bachillerato- o por la profesional. Es más, el informe cita el caso de Polonia, país que, entre otras cosas, extendió el tronco común hasta los 15 años, lo que de un modo unánime se considera una de las razones clave que explica su espectacular reciente éxito educativo. Lo que propone Wert es legislar contra la evidencia empírica de que disponemos.

Tampoco se entiende la preocupación por aumentar el porcentaje de alumnos de secundaria superior que opta por el bachiller en lugar de por la formación profesional. En torno a algo más de la mitad de los estudiantes de los países considerados en el estudio de la OCDE elige la rama general de la secundaria superior. Francia y España están levemente por encima de esta media. También lo están, y en mucha mayor medida, países como Nueva Zelanda, Portugal, Israel, Reino Unido, Japón o Canadá.

Resulta cuando menos escandaloso que el anteproyecto condene al fracaso escolar, es decir, a la no obtención del título de la ESO, a quienes cursen los programas de cualificación profesional. No se olvide que la ESO permite obtener el mínimo de competencias para desenvolverse cabalmente como ciudadano y como trabajador, que no conseguir la ESO prácticamente equivale a una condena a la marginación social.

Uno de los temas estelares de la propuesta de reforma es la realización de exámenes de reválida para pasar de nivel: de primaria a la ESO, de la ESO al bachiller y al final del bachiller. En primaria, en el área de la OCDE, solo una región de Bélgica tiene una prueba de este tipo. En el anteproyecto ministerial los niños y niñas que no aprueben el examen de primaria repetirán curso. El informe de la OCDE es taxativo con respecto a la repetición de curso: es un gasto simplemente inútil y no sirve para mejorar el rendimiento. A modo de ejemplo, Corea universalizó en los años cincuenta del siglo pasado el acceso a la primaria, pero restringió el acceso a la secundaria por medio de exámenes. Buena parte de los profesores consideraba que tales pruebas ponían mucho énfasis en la memorización, de modo que finalmente fueron abolidos en 1974. Hoy Corea, junto con Finlandia, encabeza la lista de los estudios PISA. Pese a todo, y esto es un aviso para los navegantes en favor de la cultura del esfuerzo por el esfuerzo (“el sudor de tu frente”), los niños coreanos dedican la mayor parte de su energía a memorizar incansablemente como si se tratara de formar a funcionarios confucianos. Chris Duffy, quien ha sido docente en Boston y en Corea, se lamentaba de la ansiedad y la angustia que padecen buena parte de los adolescentes (de hecho una encuesta reveló que nada más y nada menos que una quinta parte de los estudiantes de secundaria había pensado seriamente en quitarse la vida).

A estas tres reválidas anunciadas hay que añadir la realización de evaluaciones externas. Creo que poco cabe objetar a la difusión de exámenes estandarizados que permitan a las familias conocer los resultados de las escuelas de su entorno o de su preferencia. Los economistas de Fedea están fascinados con las pruebas de conocimientos llamados indispensables que realiza la Comunidad de Madrid. Las comparan con las que se hacen en Reino Unido y cuyos resultados publica la BBC. Sin embargo, estas no tienen nada que ver con nuestros carpetovetónicos tests. Allí se informa sobre el gasto por estudiante, el porcentaje de estudiantes con becas de comedor o el salario de los profesores. Es decir, es posible saber el valor añadido que aporta cada escuela.

El peligro de que la formación se focalice en los tests es evidente. Jonathan King, un reconocido biólogo molecular del MIT, envió a sus dos hijos a la misma escuela. Su hijo mayor aprendió desde la experiencia. Junto con sus compañeros de clase iba a una charca y tomaba muestras. De hecho, los niños y niñas descubrían criaturas que este biólogo desconocía. Con su segundo hijo las cosas fueron radicalmente diferentes ya que ha sido preparado para pasar tests. La experiencia, el mancharse las manos, han desaparecido.

Es de loar la preocupación de la propuesta ministerial por la introducción de las nuevas tecnologías y por la mejora del aprendizaje del inglés. Por desgracia, no parece ir más de allá de un brindis al sol. Ambos aspectos requerirían un aumento del presupuesto y sobre todo cuestionar algo mucho más profundo y que es el modo en que se enseña, el cual está más volcado en la repetición de contenidos que en el desarrollo del pensamiento autónomo o de la creatividad.

Por fortuna, la propuesta ministerial no da la matraca con el cheque escolar. En el informe citado se comenta el caso de los cheques escolares en Suecia, que se han traducido en una escasa mejora de los resultados (nula para los alumnos de bajo estatus) y en una creciente segregación social entre las escuelas.

Sabido es, y con esto concluyo, que la participación de padres y alumnos en el control y gestión de los centros es más bien una burla creada al amparo de la LODE de Maravall. El anteproyecto lo termina de rematar al limitar al asesoramiento las funciones del consejo escolar, lo que contradice el artículo 27 de la Constitución.

En definitiva, estamos ante una propuesta que nos aleja, aún más, de los retos de la sociedad de la información y del conocimiento. Y lo peor es el apoyo con que esta propuesta pueda contar entre significativos sectores del profesorado, especialmente el de secundaria.

Rafael Feito Alonso es profesor de sociología.

NUEVO VIRAJE EDUCATIVO


EL PAÍS, 22-9-2012


El proyecto de reforma facilita la segregación temprana de los alumnos desfavorecidos


El Consejo de Ministros aprobó ayer el proyecto de Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, que supone un nuevo viraje en un sector que no solo ha de afrontar sucesivos recortes presupuestarios sino las consecuencias de la inestabilidad legislativa. Esta es la séptima reforma en lo que llevamos de democracia y el hecho de que cada vez que hay alternancia política se produzca un cambio educativo de calado es un pésimo indicador, no tanto de la calidad de la enseñanza como de la calidad de la política, pues significa que los gobiernos de turno no han querido o no han sabido consensuar un modelo estable y duradero.

Hay medidas que sin duda alguna resultan positivas, como el refuerzo del inglés o de las nuevas tecnologías. El proyecto contiene también cambios muy discutibles, el más importante de los cuales es la aplicación de nuevas revalidas obligatorias al final de la ESO y del Bachillerato y la introducción de un nuevo sistema de segregación temprana del alumnado a partir de los 13 años. Con esta medida la ley mira más al pasado que al futuro y recuerda mucho el sistema que consagró la ley de 1970, que a los diez años ya separaba a los alumnos entre los que irían al bachillerato y los que no. La ley suprime también la selectividad, pero permite que las universidades hagan pruebas de acceso. En la práctica, eso supondrá la sustitución de un sistema objetivo e igualitario, por otro que permitirá la selección con criterios dispares, no homogéneos y propicios a todo tipo de disfunciones. Este sistema, unido al aumento de tasas y la reducción de becas, propiciará la evolución de la universidad hacia un modelo más dual.

Wert justificó estas reformas en la necesidad de reducir el alto índice de fracaso escolar. Las cifras son ciertamente preocupantes, pero lo que esta ley garantiza no es una mejora de los resultados académicos del conjunto de los alumnos, sino la segregación temprana de los que tienen dificultades. Es cierto que hay mejorar el rendimiento académico, pero fiarlo todo al fomento de la cultura del esfuerzo resulta reduccionista. En los resultados académicos influye la actitud y capacidad del alumno, pero también las circunstancias sociales en las que se encuentra. El ministro dijo que no se puede tratar igual a los que son diferentes. Cierto, pero ese principio no debe estar orientado a excluir a los desfavorecidos, sino a poner los medios necesarios para poder integrarlos. Establecer vías de segregación en edades tempranas, sin garantizar además un sistema de vasos comunicantes entre las distintas vías que permita rectificar decisiones precipitadas, puede mejorar las estadísticas a corto plazo de los que continúen en el sistema pero a costa de la equidad social y la igualdad de oportunidades. A la larga, la experiencia de otros países demuestra que segregar socialmente hace perder talento y acaba produciendo también peores resultados académicos.